El Karma y su Trascendencia
19.08.2025 19:27
El término karma proviene de la tradición védica y significa, de manera literal, “acción”. Sin embargo, en su sentido profundo, karma no se limita a las acciones externas, sino que incluye también los pensamientos, las intenciones y los estados internos de consciencia. Todo acto, sea visible o invisible, genera una consecuencia. Esa consecuencia no es un castigo ni una recompensa, sino la manifestación natural de la energía que se ha puesto en movimiento.
El karma no es, por lo tanto, una ley moral impuesta desde fuera, sino un principio intrínseco al campo de la consciencia. Cada pensamiento, palabra o acción resuena en un nivel específico de energía, y esa vibración retorna de manera inevitable al origen que la generó. Así como una piedra arrojada a un lago produce ondas que finalmente llegan de vuelta a la orilla, así también nuestras intenciones reverberan en el campo universal de la consciencia y retornan hacia nosotros.
El ego, que se cree autor de sus actos, vive atrapado en esta dinámica kármica. Su constante deseo de controlar, poseer y resistirse a la realidad genera nuevas causas que buscan resolverse, prolongando el ciclo de nacimiento, sufrimiento y muerte. Desde el punto de vista del ego, el karma es destino. Desde el punto de vista de la consciencia, el karma es simplemente energía en tránsito.
Es importante comprender que el karma no es una sentencia eterna. Su propósito no es perpetuar el sufrimiento, sino ofrecer aprendizaje. Cada experiencia dolorosa revela un patrón de apego o resistencia que, al ser reconocido y trascendido, libera a la consciencia de la necesidad de repetirlo.
La pregunta esencial no es tanto cómo “eliminar” el karma, sino cómo trascender la identificación con aquello que lo genera. El karma pertenece al yo personal, al ego. Cuando la consciencia se reconoce como algo más allá de ese yo, el karma pierde su dominio.
El proceso de trascendencia ocurre en varios niveles:
1. Responsabilidad
El primer paso es reconocer que todo lo que experimentamos, en última instancia, tiene su raíz en los campos de energía que hemos activado. Esto no implica culpa, sino responsabilidad. La culpa refuerza el ego; la responsabilidad abre la puerta a la libertad.
2. Entrega de los apegos
El karma se sostiene en el deseo y en el rechazo. Allí donde hay apego, nace una deuda kármica. La práctica consiste en observar los deseos y miedos sin sucumbir a ellos, permitiendo que se disuelvan en la aceptación incondicional de lo que es.
3. Oración y devoción
Cuando la mente reconoce su impotencia para resolver el karma por sí misma, se abre a la Gracia. La oración sincera y la devoción al Espíritu permiten que la energía kármica se transforme en aprendizaje y compasión.
4. Observación sin juicio
Cada vez que se observa un patrón sin condenarlo ni justificarlo, la energía kármica pierde fuerza. El juicio alimenta el ego; la observación lo trasciende.
5. Rendición
El punto culminante es la rendición del “yo” como autor. El ego se despoja de su pretensión de controlar la vida y entrega todo a lo Divino. Cuando no hay un “yo” que reclame los frutos de la acción, el karma se extingue.
Al final, el karma deja de existir en el momento en que se trasciende la ilusión de separación, es decir, cuando comprendemos que no hay un “yo” aislado que actúa por su cuenta, ni un “universo” separado que venga después a castigar o a premiar esas acciones. En la Luz de la Verdad, se ve con claridad que todo lo que ocurre es la vida misma expresándose a través de infinitas formas pasajeras.
Imagina una ola en el océano. Mientras la ola se perciba a sí misma como algo separado —con su principio, su final, su fuerza y su destino— creerá que tiene que luchar contra otras olas, que sus actos la definen y que el mar la juzgará. Pero en el momento en que la ola descubre que nunca dejó de ser agua, que siempre fue el océano en movimiento, la ilusión de separación se desvanece. Entonces ya no hay “mi ola” contra “otras olas”; solo hay mar.
Así ocurre con el karma. Mientras creemos ser un individuo separado, cada acción parece arrastrar una consecuencia personal: “hice esto, ahora me tocará aquello”. Pero cuando la consciencia despierta a la unidad, se comprende que no hay un “autor” personal que cargue con deudas. Todo es parte del fluir de la totalidad. El bien y el mal, el mérito y la culpa, se revelan como construcciones del ego.
El karma, visto desde el ego, parece una carga inevitable. Pero desde la consciencia expandida, se revela como una oportunidad para soltar las cadenas del yo personal y abrirse a la Realidad última. La verdadera libertad no está en manipular el destino ni en acumular “buen karma”, sino en descubrir que lo que somos en esencia nunca estuvo atrapado por causa ni efecto.
Trascender el karma es descubrir la verdad eterna: el Ser no tiene historia, ni deuda, ni destino. Solo presencia infinita.
Con Amor
Alejandro Cuervo
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